
Los sindicatos sin norte Miguel Ángel Rodríguez
¿Qué es el diálogo social? ¿Es, acaso, eso que dicen los representantes sindicales, de los representantes sindicales, que deben de ser los contratos laborales de los que no están representados por los representantes sindicales?
Los sindicatos caminan sin norte, con una misión diseñada en el Siglo XIX que se ha quedado vieja, y no han tenido la capacidad ni la sagacidad de cambiar.
Personalmente, fui defensor de los sindicatos. Creo que, gracias a ellos, España alcanzó cotas de solidaridad que se necesitaban. El mundo llegó a esa altura necesaria en el cuidado de los más débiles.
¿Hoy?
Hoy los sindicalistas aparecen ante la sociedad más cerca del papel de parásitos que de ayuda al trabajador: realmente, al sindicalista profesional no le importa quién queda en el paro, quién no tiene trabajo, sino su propio salario. La caridad bien entendida empieza por ellos mismos.
Hay dos grupos sociales que no se han tocado desde la transición: los nacionalismos y el sindicalismo. Ambos perviven como si ni España ni el mundo hubieran evolucionado.
No hay gente menor de 40 años —o muy pocos— afiliada a los sindicatos. Porque son organizaciones que no funcionan para la gente del siglo XXI. Solo los mantiene el Estado. Ya da igual ser sindicalista que pirata de Somalia: si tienes capacidad de presionar, siempre cobras con este gobierno socialista.
¿Diálogo social?: imaginábamos que eso era conseguir un trabajo, un sueldo, una dignidad.
¿Para eso ayudan los sindicatos?: hoy por hoy, no
Diálogo de sordos Joaquín Leguina
Los métodos y estructuras construidos en el campo laboral durante la Transición exigen para su funcionamiento no sólo del diálogo social , también del acuerdo en “las alturas” (cúpulas sindicales, patronales y gubernamentales) y en la base (ciertos convenios colectivos, diálogo y acuerdo dentro de las empresas, etc.). Pues bien, sin acuerdos en “las alturas” que marquen el terreno de juego y sin normas legales consensuadas, las cosas en el campo laboral tienden a ponerse feas y conducen a conflictos y enfrentamientos (huelgas, manifestaciones…) que bajo el ambiente de consenso no se producen o se producen en menor cuantía.
Yo creo que la decisión del Gobierno anunciando su renuncia a legislar en este campo, sin previo consenso entre los agentes sociales, entregaba a ambos (patronal y sindicatos) el derecho de veto y ello ha propiciado la ruptura del diálogo entre sindicatos y patronal, lo cual no ha traído sino malas consecuencias, aunque ahora ese desencuentro se haya visto atemperado al desbloquearse el proceso de los convenios colectivos. Ya es algo, pero las fuerzas sociales están perdiendo la ocasión de intentar arreglar, de consuno, un mercado laboral –el español- que es un desastre.
Un mercado laboral con una capacidad de expulsión hacia el paro de millones de trabajadores, sin que nadie parezca estar dispuesto a tomar nota de lo que ocurre en países próximos (Alemania y Francia sin ir más lejos, por no hablar de los nórdicos). Un mercado laboral marcado por la ineficiencia que trae aparejada la temporalidad. Una temporalidad que en la mayor parte de los casos consiste en encadenar contratos efímeros sobre una persona que se ve así imposibilitada para alcanzar la estabilidad y promoción profesional a la que tiene derecho. Un mercado laboral que trabaja en contra de la productividad.
¿Qué es el diálogo social? ¿Es, acaso, eso que dicen los representantes sindicales, de los representantes sindicales, que deben de ser los contratos laborales de los que no están representados por los representantes sindicales?
Los sindicatos caminan sin norte, con una misión diseñada en el Siglo XIX que se ha quedado vieja, y no han tenido la capacidad ni la sagacidad de cambiar.
Personalmente, fui defensor de los sindicatos. Creo que, gracias a ellos, España alcanzó cotas de solidaridad que se necesitaban. El mundo llegó a esa altura necesaria en el cuidado de los más débiles.
¿Hoy?
Hoy los sindicalistas aparecen ante la sociedad más cerca del papel de parásitos que de ayuda al trabajador: realmente, al sindicalista profesional no le importa quién queda en el paro, quién no tiene trabajo, sino su propio salario. La caridad bien entendida empieza por ellos mismos.
Hay dos grupos sociales que no se han tocado desde la transición: los nacionalismos y el sindicalismo. Ambos perviven como si ni España ni el mundo hubieran evolucionado.
No hay gente menor de 40 años —o muy pocos— afiliada a los sindicatos. Porque son organizaciones que no funcionan para la gente del siglo XXI. Solo los mantiene el Estado. Ya da igual ser sindicalista que pirata de Somalia: si tienes capacidad de presionar, siempre cobras con este gobierno socialista.
¿Diálogo social?: imaginábamos que eso era conseguir un trabajo, un sueldo, una dignidad.
¿Para eso ayudan los sindicatos?: hoy por hoy, no
Diálogo de sordos Joaquín Leguina
Los métodos y estructuras construidos en el campo laboral durante la Transición exigen para su funcionamiento no sólo del diálogo social , también del acuerdo en “las alturas” (cúpulas sindicales, patronales y gubernamentales) y en la base (ciertos convenios colectivos, diálogo y acuerdo dentro de las empresas, etc.). Pues bien, sin acuerdos en “las alturas” que marquen el terreno de juego y sin normas legales consensuadas, las cosas en el campo laboral tienden a ponerse feas y conducen a conflictos y enfrentamientos (huelgas, manifestaciones…) que bajo el ambiente de consenso no se producen o se producen en menor cuantía.
Yo creo que la decisión del Gobierno anunciando su renuncia a legislar en este campo, sin previo consenso entre los agentes sociales, entregaba a ambos (patronal y sindicatos) el derecho de veto y ello ha propiciado la ruptura del diálogo entre sindicatos y patronal, lo cual no ha traído sino malas consecuencias, aunque ahora ese desencuentro se haya visto atemperado al desbloquearse el proceso de los convenios colectivos. Ya es algo, pero las fuerzas sociales están perdiendo la ocasión de intentar arreglar, de consuno, un mercado laboral –el español- que es un desastre.
Un mercado laboral con una capacidad de expulsión hacia el paro de millones de trabajadores, sin que nadie parezca estar dispuesto a tomar nota de lo que ocurre en países próximos (Alemania y Francia sin ir más lejos, por no hablar de los nórdicos). Un mercado laboral marcado por la ineficiencia que trae aparejada la temporalidad. Una temporalidad que en la mayor parte de los casos consiste en encadenar contratos efímeros sobre una persona que se ve así imposibilitada para alcanzar la estabilidad y promoción profesional a la que tiene derecho. Un mercado laboral que trabaja en contra de la productividad.










